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Si quieres llevar un estilo de vida sano tienes que leer esto.

Cómo pasé de la dejadez a la obsesión y de la obsesión a la libertad? 

Buscaba LA SOLUCIÓN a un cuerpo fit y “sano”. 

Quería ver mis músculos marcados y tonificados. Sentir la dopamina que me generaba el ejercicio físico me empujaba a continuar en la misma dirección, hasta que me di de lleno con un muro. 

De repente la báscula pasó de ser mi compañera a ser mi enemiga. Digamos que era mi “espejito, espejito” mágico de la película de Blancanieves.  

Todas las semanas (y a veces todos los días) me quitaba la ropa y me plantaba en mi báscula nada más despertar. 

Sin saberlo, estaba frente a mi espejito mágico, esperando que me diera valor a través de un número. 

Si el número que aparecía en la báscula resultaba (según mis estándares) “favorable”, sentía un chute de dopamina, me miraba al espejo y me decía algo así como: “bien Cris, vas por buen camino”. 

Si el número aumentaba de un día a otro (ni que fueran 300gr) o incluso en horas (porque a veces me pesaba mañana y noche) me sentía mal. Me miraba al espejo y me veía más “gorda”.

Fuerte no? Nunca pensé que me pasaría esto. 

Nunca pensé que haría una dieta. 

Nunca pensé que el ejercicio podría obsesionarme (no fui muy deportista en mi infancia y menos aún en mi adolescencia). 

9 años más tarde entiendo que estaba buscando mi propia aprobación en el exterior. Quería que mi báscula me diera el valor que yo no sabía darme y que mi entorno reforzara ese valor diciéndome cosas como: “qué guapa estás”, “qué delgada te has quedado, cómo lo has hecho”, “menudo cuerpazo tienes”, etc…

El caso es que tenía pareja, amigos, trabajo y llevaba una vida objetivamente feliz. No había sufrido bulling por mi estado físico corporal (aunque sí que había tenido una relación tóxica y superficial que fue la desencadenante de esta nueva imagen mental). 

Mis piernas siempre fueron “anchas” según los estándares de la industria de la moda. Por eso  me llevaba algún que otro disgusto cada vez que iba a comprarme un pantalón (sobretodo en invierno). 

Como ves, nadie se salva del juicio. Y el peor de todos siempre eres tú. Mi jueza interior me saboteaba constantemente. 

Me decía a mí misma que no era suficiente, que debía esforzarme más. 

Pasaba del victimismo al «yo puedo con todo». Pasaba del llanto por comer más de lo que “quería” al “hoy me siento podedora porque lo he hecho super bien”. Y basaba mis seguridades en el control que tenía sobre mi comida, mis rutinas de ejercicio y mi báscula. 

Hacíamos un match “perfecto”. Un triángulo en el que estaban mi alimentación, mi ejercicio físico y mi báscula evaluando si todo eso estaba “bien” o “mal”. 

En qué cabeza cabe que una báscula tenga el poder de decirte si eres suficiente o no? Cómo podemos llevar al punto en el que un número determine nuestro nivel de autoestima? 

Qué hace que pasar del 5 al 6 en la báscula afirme que eres más o menos guapa, merecedora o feliz? 

No me di cuenta y me dejé llevar. Pronto llegaron los atracones sigilosamente. 

Toda la semana “comiendo sano” cuando en realidad estaba a dieta, controlando todas y cada una de las calorías que comía, el listado de ingredientes de cada producto procesado que compraba y un control absoluto de las porciones. 

Y no, técnicamente no estaba a dieta. Sólo comía sano. Pero era mentira, una mentira gorda como una catedral que me estaba diciendo a mí misma. 

Recuerdo como me justificaba ante mi família o amigos y decía “no hago dieta, solo he dejado de comer algunas cosas y controlo la cantidad de carbohidratos y proteínas para comer mejor”. 

El discurso era bueno. La práctica era una mentira. 

Ponía los alimentos en el mismo plato y dibujaba mentalmente los límites de lo que se suponía que era el lugar de las verduras, la proteína o el carbohidrato. 

No pesaba los alimentos pero si comía verduras con hamburguesa, o ensalada con pollo o pescado, no me permitía comer más que un trozo de proteína de un tamaño determinado y el resto del plato lo llenaba con verduras (todo muy a rajatabla). 

Controlaba al milímetro la cantidad de aceite que consumía (no podía ser más que una cucharada sopera al día). 

Y pronto empecé a sustuir la sal por un mezclum de hierbas deshidratadas que utilizan las personas hipertensas. 

Fantástico, estaba fabricando los barrotes de la que iba a ser mi propia cárcel. 
Y la felicidad no llegaba. La satisfacción era temporal y cada vez necesitaba más dopamina para ayudar a sostener ese estilo de vida que yo misma me había creído como sano. 

Cada vez necesitaba que esa aprovación creciese más y más y eso implicaba llevar a mi físico a otro nivel. Me veía bien pero quería más. Había conseguido mis objetivos pero ahora tenía otros. 

No perdonaba ni dos días de vacaciones para dejar de entrenar. Llevaba mi material a cuestas para hacer mis entrenamientos nada más despertarme. Si había entrenado por la mañana, el resto del día ya podía sentirme “libre”. 

El problema de estas prácticas no son las prácticas en sí. Puedes llevar tus cosas de entrenamiento a tus vacaciones, puedes entrenar nada más despertar y puedes reducir la cantidad de algunos tipos de alimentos siempre y cuando sea necesario. 

Pero el tema es desde dónde lo haces  y para qué. 

Lo primero para salir de un problema es darte cuenta de que lo tienes. 

Tardé un poco pero llegó el día: 

 El día en que me puse a llorar por comerme un yogur por la noche cuando “no tocaba”. 

El día en que tuve que irme de la mesa de un bar porque no soportaba  más, ver unas patatas que “no debía comer”. 

El día en que dejé de disfrutar las comidas y celebraciones en compañía porque me causaban estrés. 

Y ahí dije basta. Quería salir de esto. Pero no fue tan fácil como me imaginaba. 

Pasé por varios especialistas, dos psicólogas y un centro especializado en anorexia y bulimia. Nada me ayudó y mi problema fue a más. 

Cuando no aguanté más, pasé de hacer dieta a “permitirme” comer con un poco más de flexibilidad, pero no podía. Sentía ansiedad y compulsión constante, no sabía cuándo tenía hambre real y aunque comiese sin parar nunca me sentía saciada. 

En la época más intensa de atracones, mi peso empezó a subir sobrepasando el peso inicial antes de empezar toda esta aventura (en la que solo quería bajar 2 kilos que se convirtieron en 10). 

Cada vez me sentía peor, más deprimida y abatida. 

Por si fuera poco pasé de la comida healthy a la fast food y comía todo aquello que había estaba reprimiendo durante meses. Y aunque las fotos que ves a continuación reflejen una sonrisa, era todo apariencia de una chica triste y vacía que basaba tu felicidad en un cuerpo físico sin darse cuenta. 

Izq: Peor época de atracones. Der: peso más bajo de mi vida.
Izq: el peso más bajo de mi vida. Der: La peor época de atracones.
Fueron meses duros pero salí de todo eso. 
Cómo? 

Con trabajo de autoconocimiento

Para ese entonces no sabía que la comida podía tener una relación tan directa con las emociones. Para mí comer “bien” era seguir unas pautas y unas reglas. 

Nunca pensé que la forma en cómo me relacionaba con la comida venía por un problema de autoestima. 

Hasta que empecé a practicar meditación y a hacer terapia individual con mi maestro.

Mejoré, aunque apenas podía percibirlo porque estaba en medio del proceso. Luego me estanqué y decidí coger otro rumbo. Estudié un máster sobre alimentación y health coaching con el que sentí que un mundo nuevo se había abierto delante de mis narices. 

Fue un autentico regalo. No entendía de dónde había salido toda esa información tan valiosa y por qué en España no la teníamos (ni siquiera los especialistas en trastornos de conducta alimentaria).

Así que empecé a olvidarme de la comida y pasé a preocuparme más por mi bienestar emocional. Empecé a poner en práctica todo lo que estaba aprendiendo en el Máster junto a mis meditaciones, y poco a poco, con mucha dedicación, logré salir de una espiral y una cárcel que yo misma había creado en mi mente y en mi vida. 

Ahora lo único que quiero es ayudarte a que tú consigas lo mismo. 

No hace falta haber pasado por un TCA como yo. De hecho me hubiese costado mucho menos salir del bucle si fuese sido consciente de lo que me pasaba antes (pero por desgracia tendemos a tomar cartas en el asunto cuando ya no podemos sostener una situación). 

Tú también tienes una relación con la comida, todos la tenemos. Lo importante es comprender qué tipo de relación tienes contigo mism@ y con lo que compras, lo que cocinas o decides poner en tu plato.  

El problema no es la comida. La comida solo es la punta del iceberg. Nunca vas a poder reducir tu ansiedad y sentirte a gusto con tu cuerpo utilizando dietas especiales, productos «quita hambre», ni ningún tipo de truco especial. 

La solución definitiva está en aprender a tener una buena relación contigo mism@ encontrar tu sitio, saber quién eres realmente y qué quieres en tu vida. Esto te ayuda a  desprenderte de todo juicio destructivo y empiezas a construir, poco a poco, nuevos hábitos y pensamientos mejorando la relación contigo mism@, respetándote y queriéndote a través de la buena alimentación y los hábitos saludables.

Buscando una armonía sana y natural que aparece como de la magia cuando te quieres, cuanto te respetas y cuánto te mimas. 

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